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305 Acido úrico ¿un nuevo factor contribuyente al desarrollo de obesidad? cantidad de calorías diarias con 25% de ellas provenientes de la glucosa (27). FRUCTOSA Y ÁCIDO ÚRICO La metabolización hepática de la fructosa requiere fosforilación inicial para transformarse en fructosa-1-fosfato, acción mediada por la enzima fructoquinasa, con el consiguiente incremento del adenosin monofosfato (AMP) intracelular proveniente de la descomposición del ATP (ADP + AMP), el cual es degradado a IMP (monofosfato de inosina) y posteriormente a ácido úrico, elevándose dentro de la célula y en la circulación (28),(figura 2). Un alto consumo de fructosa, como ocurre en la actualidad, predispondría por tanto al desarrollo de hiperuricemia y patologías asociadas. Lo anterior se ve ratificado por estudios en humanos en donde la administración oral o intravenosa de fructosa, eleva rápidamente las concentraciones circulantes de ácido úrico, derivado de un mayor catabolismo y síntesis de purinas, siendo aún más evidente en sujetos hiperuricémicos o con gota (29,30). Estudios experimentales en modelos animales y humanos muestran que la ingesta de fructosa favorece el desarrollo de insulinorresistencia, intolerancia a la glucosa e hiperinsulinemia (31,32). La fructosa también contribuiría indirectamente al desarrollo de hiperuricemia a través de la generación de insulinorresistencia, dado que la hiperinsulinemia resultante limita la excreción renal de ácido úrico (33). Contrariamente, un consumo bajo de fructosa, como ocurre en animales con y sin uricasa y en algunas tribus cazadoras recolectoras, elevan levemente las concentraciones de ácido úrico, no teniendo efectos negativos en la salud (34). MUTACIÓN DE LA URICASA, ELEVACIÓN DE ÁCIDO ÚRICO Y OBESIDAD Hace aproximadamente unos 20 millones de años atrás, durante el Mioceno, todos los monos vivían en bosques tropicales lluviosos y se alimentaban básicamente de frutas, las cuales son ricas en fructosa (35). Con el enfriamiento global hubo desaparición de estos bosques y por tanto escasez progresiva de frutas, especialmente en Europa, donde probablemente ocurrió la mutación de la enzima uricasa, suponiendo una ventaja evolutiva para la sobrevivencia en esas condiciones, al incrementar levemente los niveles de ácido úrico. Ello, se tradujo en una mayor eficiencia para transformar la escasa fructosa consumida en las frutas en grasa corporal, permitiéndoles a nuestros ancestros almacenar energía y sobrevivir de mejor manera en períodos de hambrunas (36). Así, la mutación del gen de la uricasa resultó en un incremento del ácido úrico, promoviendo el almacenamiento graso, especialmente en respuesta a la fructosa. De hecho, en humanos el ácido úrico plasmático se asocia a un mayor peso corporal e incremento de grasa visceral (37). En tiempos actuales, la carencia de uricasa en humanos podría explicar la alta prevalencia de hiperuricemia y el rápido incremento de la obesidad y diabetes tipo 2 en países industrializados, especialmente como consecuencia de la excesiva ingesta de carnes ricas en purinas, alcohol y azúcares, en particular de fructosa (38,39). Durante cientos de miles de años, los humanos consumieron cantidades reducidas de fructosa que no sobrepasaban los 16 a 20 g diarios, proveniente especialmente de frutas frescas. Las dietas occidentales contienen una gran cantidad de fructosa que exceden largamente las consumidas por nuestros antepasados, pudiendo alcanzar cifras mayores de 85 a 100 g diarios (40). Ingesta de fructosa superiores a 60 g diarios son consideradas por lo general nocivas, predisponiendo a obesidad abdominal y alteraciones metabólicas. Esta ingesta excesiva de fructosa en la alimentación actual, requiere mayor ATP para su metabolización hepática, elevando las concentraciones intracelulares de AMP, derivando en una mayor producción final de ácido úrico, incrementando FIGURA 2 Fructosa y producción de ácido úrico.


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