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reducir el daño producido por el peroxinitrito (radical libre altamente reactivo) y actuar como una sustancia oxidable capaz de aceptar electrones (10). Se ha postulado que dado el importante efecto antioxidante del ácido úrico, su incremento 304 plasmático en la evolución de los homínidos, podría ser un avance selectivo, protegiéndolo del envejecimiento y cáncer (10). Las acciones neuroprotectoras del ácido úrico estarían dadas por su capacidad antioxidante a nivel cerebral, teniendo en consideración que este órgano ocupa alrededor de un quinto del oxígeno que respiramos cada día y que contiene una gran cantidad de lípidos insaturados, lo que lo hace especialmente vulnerable al daño oxidativo (lipoperoxidación) (11). Lo anterior podría verse ejemplarizado por la mayor prevalencia de enfermedades neurodegenerativas en sujetos con niveles circulantes de ácido úrico bajos (8). En cuanto al rol del ácido úrico en la respuesta inmune e inflamación, en los últimos años varias investigaciones señalan la importancia que tiene en la inmunidad innata, actuando como una señal de peligro que activa las defensas celulares de este, siendo en tal sentido un coadyuvante endógeno (12). ÁCIDO ÚRICO Y URICASA En países desarrollados las concentraciones plasmáticas promedios de ácido úrico en humanos son de 7 y 6 mg/dL, hombres y mujeres respectivamente, muy superiores a las observadas en otros animales, donde alcanza entre 0,5 mg a 1 mg/dL (13). Esta diferencia notoria está determinada por la pérdida de la uricasa, enzima principalmente presente en el hígado, que degrada el ácido úrico a alantoína, por varias mutaciones en su gen que se piensa que ocurrieron en los homínidos durante el Mioceno Medio, hace aproximadamente 15 millones de años (2). Los motivos de esta mutación que favorece el aumento de ácido úrico circulante e intracelular no están claros, pero se piensa que sirvieron para incrementar las capacidades intelectuales, protegerse del estrés oxidativo, promover un almacenamiento de grasa corporal de una manera más eficiente en períodos de hambrunas originados por el cambio climático (enfriamiento y escasez de frutas) y mantener la presión arterial normal en posición erguida (escasez de sodio) (11,14,15),(figura 1) FRUCTOSA Y ENFERMEDAD La fructosa, un azúcar contenido naturalmente en las frutas y también en el azúcar de mesa (sacarosa), jarabe de maíz de alta fructosa y alimentos con fructosa añadida como tal, a diferencia de la glucosa, una vez absorbida a nivel yeyunal es captada casi en su totalidad por el hígado vía GLUT2, donde puede ser oxidada o metabolizada a glucosa, glucógeno, triglicéridos o ácido úrico (16). Diversos trabajos experimentales y observacionales, aunque no todos (17-19) realizados en humanos y animales muestran que un sobreconsumo de fructosa promueve la obesidad, hipertensión arterial, diabetes tipo 2, dislipidemia, hígado graso, hiperuricemia, enfermedad cardiovascular y síndrome metabólico (20-22). Múltiples mecanismos han sido propuestos para explicar cómo la fructosa podría favorecer el desarrollo de estas patologías, entre ellos: alteraciones hormonales (ghrelina, leptina, insulina) y de neurotransmisores (dopamina), acentuada lipogénesis de novo hepática, depleción de ATP hepática, resistencia a la insulina, inflamación y modificación de la microbiota intestinal (20-24). Animales alimentados con fructosa desarrollan rápidamente hígado graso, hipertrigliceridemia y obesidad visceral, algo que no se expresa cuando estos se alimentan con la misma cantidad de calorías provenientes de la glucosa (25,26). Resultados similares han sido descritos en humanos alimentados con dietas altas en fructosa (25% de las calorías diarias) durante 10 semanas, reportándose obesidad visceral, hígado graso, disminución de la insulinosensibilidad e hipertrigliceridemia postprandial, que no son observadas en sujetos controles alimentados con una dieta de igual FIGURA 1 Mutación Uricasa: posibles explicaciones. Valenzuela A.


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