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desarrollo, ya que simplifican la planificación de las comidas, limitan la elección de alimentos indeseables, enseñan los tamaños adecuados de las porciones, son convenientes y fáciles de preparar, y cuando se combinan con frutas y verduras 268 proporcionan una comida de alta densidad nutricional y baja energía. Sin embargo, la muestra, al elegir alimentos más fáciles de preparar y técnicas más sencillas, recurrían a productos y técnicas que podrían aumentar su carga calórica e ingesta de grasa. Por ello se decidió incorporar en un taller de la intervención, aspectos relacionados con los mismos. Para muchos adultos con DI, la hora de comer conlleva riesgos significativos para la salud. Se ha visto que el apoyo a la hora de comer es requerido por una minoría significativa de PDI, debido a dificultades motoras para alimentarse de forma autónoma y/o rechazo selectivo a los alimentos (28). En esta población existen problemas psicomotores poco estudiados y arraigados, mitos acerca de que estas personas no pueden realizar actividad física de manera sistemática, aumentando con ello los problemas nutricionales (21). Pett M et al. (29) sometieron, a un grupo de jóvenes adultos a una intervención nutricional y de ejercicio; mientras sus padres se centraron en el modelado de los hábitos de vida saludables. Los adultos jóvenes mejoraron, después de la intervención, la presión arterial, el peso y el equilibrio. A los 3 meses de seguimiento, hubo reducciones generales de peso, presión arterial, circunferencia de cadera, y superaron las barreras del ejercicio. En el presente estudio se encontró una mejoría en la dieta en general (KidMed), concretamente de algunos nutrientes (colesterol, fibra y macronutrientes), y en la práctica regular de ejercicio físico. La intervención en el comportamiento apoyada por los padres parece ser un complemento eficaz de una intervención de educación nutricional de 6 meses para lograr la pérdida de peso en adolescentes y adultos jóvenes con síndrome de Down (30). A los 6 meses, la media de peso corporal en el grupo de educación nutricional e intervención conductual (grupo 1) fue de 3,2 kg más bajo que en el grupo de educación nutricional (grupo 2). Spanos D et al. (31), examinaron 22 estudios que informaron de la efectividad de intervenciones específicas destinadas a lograr la pérdida de peso en adultos con DI y obesidad. Ningun estudio en este campo informó sobre una pérdida de peso clínicamente significativa del 5-10% o 5-10 kg del peso corporal inicial (31). McCarran y Andrasik informaron de una reducción de peso estadísticamente significativa, de sólo 2,5 kg a las 14 semanas (31). Fox et al. (32) informaron de una pérdida de peso media de 3,4 kg en un grupo que contaba con la participación de los padres y, que fue significativamente diferente del grupo sin intervención paternal. McCarran y Andrasik encontraron una mayor, pero no significativa, diferencia entre la pérdida de peso de aquellos participantes que tenían a sus cuidadores implicados que los participantes que no los tenían (31). La pérdida de peso después de la intervención no se sostuvo con Fox et al., quienes informaron de la recuperación de peso a los tres y seis meses de seguimiento (31). Fox et al. (32), concluyeron que la combinación de la actividad física y los enfoques conductuales podría conducir a una pérdida de peso superior al 5% a las 10 semanas después de la intervención (31). Sin embargo, Fisher et al. (31) mostró que la incorporación de la actividad física no tuvo ningún efecto sobre la pérdida de peso. En nuestro caso, al separar a los participantes por centros, se observó que 50% del proyecto DOMUS mantuvieron su actividad física habitual, mientras que San Mauro I. y cols. 50% la incrementó. Los de grupo AVANTE, 64% mantuvieron el ejercicio, 27% lo aumentó y 9% lo disminuyó, observándose además que los participantes del grupo AVANTE redujeron de media 2,3 kg, frente a la ganancia media de 0,6 kg de peso del grupo DOMUS. Los participantes, del estudio de Mikulovic J et al. (16), practicaban deporte en promedio 5,7 h/semana y eran sedentarios 21,8 h/semana. En sus resultados, mostraron que algunos hábitos de comportamiento se asociaron con una menor incidencia de sobrepeso y/u obesidad, como la práctica regular de deporte fuera de la institución, un buen cuidado personal del cuerpo o evitar el alcohol. Mejoras bastante modestas se observaron en la mayoría de las intervenciones, basadas en el ejercicio, en la nutrición, o en ambas, o globales en hábitos saludables, y que suponen cambios de hábitos que no modifican marcadores de salud de forma rápida (grasa corporal, IMC, glucosa o colesterol en sangre). Hinckson EA et al., (33), determinaron la eficacia de un programa de 10 semanas en el manejo de peso, a través de cambios en la actividad física y los comportamientos de nutrición en los niños y jóvenes con DI y sobrepeso u obesidad en Nueva Zelanda. El programa consistió en 18 sesiones centradas en la actividad física y la nutrición. Los cambios se midieron inmediatamente después de finalizar el programa y a las 24 semanas. Se observó que el único cambio producido fue en el test-caminata de seis minutos donde los participantes a las 24 semanas caminaron 51 metros más. Sin embargo, hubo una reducción sustancial en el consumo de productos de confitería y chocolate en los dos puntos de medición. Los padres comentaron que durante el programa hubo menos visitas al hospital y ausencias a la escuela relacionadas con la enfermedad. Intervenciones más consistentes, no sólo basadas en la educación de hábitos saludables, han reportado mejoras más significativas como las de diversos autores que figuran en el estudio de Curtin C et al. de 2013 (31), que realizaron dietas o entrenamientos personalizados. Las intervenciones multifactoriales, definidas como “una combinación de dieta y actividad física con una estrategia de cambio de comportamiento para influir sobre el estilo de vida”, todas reportaron una disminución en el peso corporal, o IMC, pero parece que la mayor pérdida de peso fue por las intervenciones que recomiendan dietas con déficit de energía (31). En conclusión, la alimentación de este grupo de personas era inadecuada. Con una serie de talleres de educación nutricional se pudo mejorar en algunos aspectos, comprobando que son una herramienta útil para trabajar con este colectivo consiguiendo cambios significativos. El ejercicio físico representó una mejora de los marcadores del estudio. Es un colectivo que se va a beneficiar de la educación nutricional tanto para prevenir la obesidad y corregir errores, como para facilitar la vida independiente y autónoma, así como mejorar su estado de salud y fisiológico. Hacen falta más estudios que continúen la línea de investigación en este colectivo. Las medidas corporales no se pudieron medir en unas condiciones óptimas, según los estándares establecidos para estos equipos de BIA, a pesar de facilitar un protocolo de referencia, pero no se realizaron en condiciones estandarizadas de ayuno e hidratación óptimas. Esto resta validez a estos parámetros, aunque sirven de orientación. El cuestionario KidMed, está validado para edades comprendidas entre 2-24 años, y no está validado para esta población. Sin embargo nos permitió tener una referencia global de ciertos hábitos antes y después de la intervención,


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