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267 pacientes que tenían sobrepeso, uno se mantuvo en sobrepeso y los otros dos bajaron a normopeso, y del cuarto paciente no se obtuvo medida final. De los 2 pacientes con obesidad, uno se mantuvo igual y el otro logró bajar a sobrepeso. En el grupo DOMUS en cambio, de los 4 pacientes que presentaban sobrepeso, uno se mantuvo igual y los otros dos aumentaron de peso permaneciendo en el rango de sobrepeso. Del cuarto paciente no se obtuvo medida final. El único paciente de este grupo clasificado como obeso, redujo peso hasta ser valorado como sobrepeso. DISCUSIÓN Los resultados del estudio están en consonancia con la tendencia a sobrepeso y obesidad en este tipo de población reflejada en un estudio de Bell AJ en 1992 (13) con una muestra de población de 183 individuos, en los que la prevalencia de obesidad estaba muy aumentada. Con respecto al IMC, en nuestro estudio se obtuvo una media de 25,8, muy parecida a la obtenida por Melville et al. en 2008 (14) que fue 27,4 en sujetos con DI, suponiendo una clasificación como media de sobrepeso en nuestra muestra. En el estudio de Phillips KL et al. de 2014 (15), tanto la obesidad como la prevalencia de bajo peso fueron mayores entre los adolescentes con, que sin discapacidad de desarrollo (DD). Mikulovic J et al., en el 2014 (16), añadieron que el IMC medio de su muestra (n=570) fue de 24,9 kg/m2; 45,6% de los participantes tenían exceso de peso (IMC ≥ 25), incluyendo 17,2% de obesos. Las mujeres presentaban mayor riesgo de sobrepeso que los hombres (53,9% v/s 39,9%) y obesidad (28,2% v/s 9,5%). En nuestro estudio, se observó lo contrario, las mujeres presentaron 38% de sobrepeso frente a 55% en hombres; y con respecto a la obesidad 0% en mujeres frente a 9% en los hombres. Así lo reflejaron también Hsieh K et al. en 2013 (17): en comparación con la población general, los adultos (≥ 18 años) con DI tenían mayor prevalencia de obesidad (38,3% v/s 28%) y obesidad mórbida. Ser mujer, tener síndrome de Down, tomar medicamentos que causan aumento de peso, realizar menor actividad física moderada, y beber mayor cantidad de refrescos se asociaron con mayores tasas de obesidad.Los adultos con DI, en general, tenían un alto riesgo de desarrollar obesidad, y las mujeres con DI tenían un alto riesgo de desarrollar obesidad mórbida. En otros estudios, se comprobó que la prevalencia de obesidad era mayor en las personas que viven en sus entornos familiares y menor en los que viven en un hogar de grupo (18). Así, lo plasmaron también Doody CM y Doody O en 2012 (19): “Los grupos de pacientes con DI leve que residen en un hogar, ya sea grupal o en casa de la familia se encuentran en un mayor riesgo de obesidad y exceso de peso corporal que los de atención institucional”. Los individuos de nuestro estudio pertenecen a hogares de grupo por lo que decidimos que era muy importante ofrecer un taller de técnicas culinarias, el cual fue muy bien aceptado y con el que aprendieron de una manera muy amena y divertida. Esto se apoyó en los datos, que ya se habían comprobado los efectos positivos de la técnica mediante la intervención llevada a cabo por Humphries K et al. en 2008 (20), consistente en un sistema de educación nutricional y directrices, planificación de menús y comidas, hacer la compra y cocinar, diseñado para las necesidades específicas de esta población. La obesidad, es un importante problema de salud en la población con DI. Las causas son multifactoriales e incluyen conductas alimentarias inadecuadas, alta ingesta energética, tasa metabólica reducida, ejercicio reducido, hipotonía y alteraciones endocrinas (19). Entornos de vida menos restrictivos pueden estar asociados con una supervisión reducida y una mayor promoción de la elección individual (19), un componente que impacta en la malnutrición de estas personas (21), que puede resultar en un mayor acceso a la comida rápida (19), una exacerbación de la incapacidad que tienen para seleccionar sus alimentos de manera adecuada (21) y un menor énfasis en la actividad física (19). Janet Robertson et al. (22) observaron, que adultos británicos con DI autoreportada tienen tasas más altas de obesidad (41,3%, v/s 26,3% de los sin DI), además de inactividad (25,3%, v/s 10,7%), consumo de tabaco y alcohol y pobre nutrición (65,5% come fruta menos de 4 veces a la semana y 48,5% toma verdura menos de 4 veces a la semana). Estudios del Reino Unido y Australia verifican los datos anteriores, reportando una baja ingesta de frutas y verduras entre los adultos con DI. En nuestro caso, el consumo de fruta resultó disminuido al final del estudio con respecto al inicio del registro. También indicaron que una proporción significativa del mayor riesgo de obesidad, de consumo de tabaco y de pobre nutrición puede atribuirse a sus peores condiciones de vida (en lugar de a sus deficiencias intelectuales) (22). Hay una estrecha relación entre la discapacidad y la mala salud pudiendo tener un mayor riesgo de desarrollar enfermedades crónicas (23) El estudio de la salud en relación con la edad de inicio de discapacidad puede iluminar el grado en que la discapacidad puede ser un factor de riesgo para el futuro de la mala salud (23). Dixon-Ibarra A y Horner-Johnson W (23), observaron que adultos con discapacidades tenían mayor probabilidad de tener : enfermedad coronaria, cáncer, diabetes, obesidad e hipertensión arterial. Las subpoblaciones de personas con discapacidad para toda la vida (es decir, física, mental, intelectual/desarrollo y sensorial) experimentaron un aumento similar de la probabilidad de sufrir dichas condiciones crónicas en comparación con las personas sin discapacidad. Los adultos con discapacidades, por tanto, eran más propensos a tener enfermedades crónicas que los adultos sin discapacidad, lo que indica que probablemente la discapacidad aumenta el riesgo de desarrollar problemas de salud. En la muestra inicial se observó que la mayoría de los participantes no cubría la recomendación de ingesta de fibra dietética/día (25-30 g) (24), lo que está relacionado con una baja motilidad intestinal, aumento del riesgo de cáncer de colon, peores curvas de glucemia y su posible prevención para la resistencia a la insulina (diabetes tipo 2), aumento de la síntesis de colesterol endógeno y aumento, de enfermedad cardiovascular (25).Tras la intervención se observó un incremento de la ingesta de fibra (p=0,004), lo que supondría una mejora en marcadores de riesgo para la salud. Se comprobó que el consumo de frutas y verduras era bajo y por ello el de fibra también. En otro estudio (12) en el que, además de obtener resultados de una insuficiente ingesta de fruta y verdura, se comprobó que el nivel de actividad física fue bajo en todos los participantes (87,5 % no llegaban a las recomendaciones diarias). Robertson J et al. en 2014 (22), observaron que más del 80% de los adultos con DI caen en niveles de actividad física por bajo el nivel mínimo recomendado, similar con nuestra muestra. Se obtuvo una media de 39% de ingesta de lípidos antes de la intervención, coincidiendo con la de otros estudios (media de 38% de lípidos) (26). Según Donnelly JE et al. (27), las comidas pre-envasadas, con baja energía y grasa, pueden ser útiles para las PDI y de Nutrición y actividad física en personas con discapacidad intelectual


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