Page 10

Sochinut_43_3

231 El adulto debería retirar la comida si el niño no comienza o no termina en un plazo de tiempo razonable (1). Las DA son propias de niños pequeños17. En este estudio los más afectado fueron los menores de 2 años. A los 15 meses empieza una atapa de “anorexia fisiológica” la que coincide con un enlentecimiento en el crecimiento, el que se mantiene durante la etapa preescolar (13). Algunos autores refieren que es habitual que los niños coman menos hasta los 2 años15 y reconocen la presencia de dificultades si persiste luego de esta edad (18). Fue mayor el porcentaje de niños con DA entre los asistidos en el sector público de salud. Podría evidenciar una relación entre nivel socioeconómico y dificultades alimentarias. Osorio describió hábitos alimentarios en grupos de diversos estratos socioeconómicos de Buenos Aires, y refiere que en familias provenientes de grupos menos pudientes se promueve la ingesta de alimentos baratos, abundantes, que sacian fácilmente, ya que se percibe como saludable al niño con tendencia a la obesidad, y la madre es valorada positivamente en la medida que cría un hijo con sobrepeso. Esto llevaría a que percibieran como adecuado comer porciones abundantes, en comparación con grupos de mayores ingresos, que incorporan tempranamente la necesidad que consumir alimentos sanos, que favorezcan una figura corporal más estilizada (12). No se encontró diferencia en el nivel educacional materno, el cual podría ser considerado un factor protector hacia el desarrollo del trastorno (19). La presencia de patología previa puede condicionar la ingesta de alimentos en niños pequeños, por estar relacionada a experiencias pasadas que determinen temor para alimentarse (1, 15). Estos antecedentes también pueden generar miedos y ansiedades en los adultos, causando la percepción errónea de que el niño no come adecuadamente. En el presente estudio no se identificaron diferencias en los antecedentes perinatales ni personales. La proporción de madres primigestas fue mayor entre los portadores de dificultades en la alimentación, dato que podría evidenciar la presencia de ciertos miedos, determinados por la inseguridad del primer hijo. El porcentaje de prematurez fue más elevado en niños con dificultades en la alimentación. Niños prematuros y con bajo peso al nacer tienen mayor riesgo de desarrollar trastornos en la alimentación, sobre todo por la presencia de patologías o tratamientos recibidos (18). No se encontró diferencias entre niños con y sin DA con respecto a los antecedentes alimentarios. Un estudio longitudinal realizado en niños de 4-6 meses evidenció que los lactantes alimentados con leche materna aceptaban más vegetales que los alimentados con fórmulas. Se plantea que el niño, a través del pecho materno se expone a diferentes sabores, provenientes de los alimentos que ingiere la madre, que luego reconoce y acepta más facilmente (12). La edad de introducción de alimentación complementaria no se asoció al desarrollo de DA. En el primer año de vida existe un período crítico para la introducción de alimentos sólidos; su retraso puede determinar hábitos indeseados con respecto a la comida, como rechazo por determinados gustos o texturas (20, 21). El recibir más de un litro de leche al día se asoció significativamente a presentar DA. Esta conducta no está de acuerdo con las recomendaciones de buenas prácticas de alimentación, determina una ingesta calórica significativa, que puede causar saciedad y determinar rechazo por otros alimentos. Además el niño habituado a ingerir alimentos líquidos puede rechazar consistencias diferentes. Entre los hábitos alimentarios, ser alimentado por la madre fue un factor protector del desarrollo de DA. En los seres humanos las prácticas de alimentación, las preferencias y rechazos hacia determinados alimentos están fuertemente condicionados por el aprendizaje y las experiencias vividas en los primeros años (22). La madre tiene un rol fundamental en la educación y adquisición de pautas alimentarias del hijo (23). El niño desde muy temprano establece una íntima relación recíproca con ella. Esta relación de apego es determinante en la adquisición de su conducta alimentaria y del adecuado desarrollo posterior (12, 24). No se demostró, en este grupo de pacientes, que otros hábitos alimentarios como comer en su casa, acompañado por su familia o tener lugar propio, se asociaran al desarrollo de DA. La alimentación debe ser un acto social, compartido con la familia, para que ocurra el aprendizaje de la conducta alimentaria (25). Existen diversas estrategias erróneas empleadas a menudo por los padres para lograr que el niño ingiera alimentos: persuasión, distracción, soborno, amenazas, castigo, dar alimentos entre comidas o permitir que escoja el menú. Cuando se usan métodos de alimentación forzada, la hora de la comida se convierte en una situación de malestar y se crea un condicionamiento que puede desencadenar rechazo del alimento por parte del niño (1, 13-15). En este grupo de niños, la utilización de estrategias erróneas se asoció a la presencia de DA. Estos hábitos deben ser indagados por el pediatra en la consulta para su oportuna corrección. Un factor muy frecuente, que favorece la DA, es la presencia de distractores a la hora de comer, como quedó demostrado en este grupo de pacientes. Uno de los distractores más habituales es la televisión (17). Si bien no se encontraron diferencias significativas con respecto al estado nutricional entre niños con y sin DA, el porcentaje de desnutrición aguda y talla baja fue mayor entre los primeros. En Uruguay, según la última encuesta sobre estado nutricional en niños de 0-2 años en el 2011, la prevalencia de talla baja es 10,9%, cifra que ha ido en descenso desde el 2003, y que alcanza 12,8% en el sector de asistencia pública (21, 26). En el presente estudio, 18,4% de los niños con dificultades alimentarias presentó talla baja. Son múltiples las causas que la pueden explicar, siendo una de las más frecuentes las deficiencias nutricionales crónicas, de macro y/o micronutrientes. La ausencia de diferencia estadísticamente significativa impide afirmar la existencia de una relación causal entre dificultades alimentarias y el desarrollo de talla baja. En la bibliografía consultada no se encontró evidencia de que estos trastornos determinen alteraciones nutricionales en niños previamente sanos. Es importante tener en cuenta estos datos, ya que en la consulta pediátrica es frecuente que los padres de estos niños manifiesten preocupaciones por el crecimiento y el estado nutricional de sus hijos y soliciten fórmulas especiales y/o complementos nutricionales. En el niño sano, de estatura menor a la media, el apetito puede ser menor, proporcional al tamaño corporal y a las necesidades nutricionales (1). Podría determinar menor ingesta de alimentos, que podría ser interpretada por los adultos como patológica. En estos casos se deberá tener especial cuidado ya que una ingesta excesiva puede determinar sobrepeso. Es recomendable entonces, la evaluación individualizada y profunda de cada paciente, para determinar las necesidades propias, minimizando al máximo el riesgo de repercusiones de la ingesta sobre el crecimiento y el estado nutricional. Conclusiones. Los resultados de este estudio determinaron que la prevalencia de DA en el grupo de niños evaluados fue alta. El desarrollo de las mismas se relacionó, sobre todo a Dificultades en la alimentación de niños sanos en Montevideo-Uruguay


Sochinut_43_3
To see the actual publication please follow the link above